La figura del profesor, antes intocable y ahora vapuleada, no consigue adaptarse a los nuevos tiempos en una sociedad que le ha dado la espalda y que lo menosprecia.
JOSÉ MARÍA ROMERA/ VALENCIA
LAS PROVINCIAS, 06/05/2007
Relaciones humanas
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Transmisores del saber, guardianes de la disciplina y el orden social, sacerdotes laicos, educadores a contracorriente, chivos expiatorios de los desajustes familiares y de convivencia, último recurso de padres desesperados... Eso y mucho más –y menos– son hoy en día los profesores, testigos y víctimas de unos cambios tales en su función que muchos de ellos, sumidos en una crisis de identidad más allá de lo meramente profesional, consideran que la sociedad les ha dado la espalda. Antes intocable, ahora vapuleada (y no sólo en el sentido metafórico de la palabra), la figura del profesor no acaba de adaptarse a las nuevas exigencias sociales y a las profundas transformaciones educativas que derivan de ellas. Y esa dificultad de adaptación queda agravada por la incomprensión de una sociedad que menosprecia a quienes en tiempos no lejanos trataba con respeto reverencial.
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La enseñanza ya no es lo que era. Esa impresión domina entre los profesores de hoy a pesar de que, objetivamente, el sistema educativo actual es sin duda el mejor que ha habido nunca. Los recursos se han incrementado, la escolarización alcanza a la mayoría de la población –a la totalidad, en algunos niveles–, la profesión está algo mejor retribuida y la preparación de los docentes presenta niveles cuando menos aceptables.
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El motivo del malestar viene de otra parte. Cuando los periódicos traen la noticia de la agresión de un alumno –o de su padre– a un maestro, lo que se está poniendo de relieve no es tanto la penetración de la violencia en las aulas (fenómeno casi inapreciable en términos estadísticos, aunque no por ello menos preocupante) como el signo de un cambio de otro orden. Han variado las relaciones entre profesores y estudiantes, entre escuelas y familias, entre la sociedad en su conjunto y el sistema educativo. Y en esa mudanza el principal inadaptado es el maestro, pero no precisamente por culpa suya.
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Como observa José M. Esteve (El malestar docente) la tarea de muchos profesores de primaria en nuestros días se asemeja más a la de un asistente social que al papel tradicional de un maestro; y los profesores de secundaria se van alejando de sus cometidos como formadores intelectuales para actuar de maestros o, en el peor de los casos, de vigilantes. Ello es consecuencia, principalmente, del establecimiento de un sistema basado en la integración, frente al modelo tradicional de escuela que se basaba en la exclusión. Ya no hay que atender sólo a los más capaces ni a los destacados; la ampliación de la escolaridad obligatoria (una conquista indiscutible se mire por donde se mire) lleva aparejada la ruptura de la vieja relación educativa que ponía en contacto a un alumno deseoso de aprender con la autoridad intelectual de un profesor que ejercía de guía en su desarrollo. Ahora el profesor se enfrenta a grupos heterogéneos de estudiantes entre los que se incluyen algunos –o muchos– obligados por la ley, sin ninguna voluntad de aprendizaje.
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Adaptarse a esa situación es duro. Hay que tener en cuenta que la identidad profesional de los docentes de niveles secundarios (los más afectados por el cambio, sin duda alguna) ha estado siempre ligada a su competencia en la materia de la que son especialistas. Si además eran buenos pedagogos, miel sobre hojuelas. Pero a nadie se le imponía que renunciase a su prestigio en el ámbito del saber para ocuparse de perfeccionar sus habilidades en la órbita del educar. Ese esfuerzo ha corrido a cargo de los propios profesores, generalmente con muy escaso apoyo de las administraciones educativas, y menos todavía de la sociedad y –lo que es peor– de las propias familias que a su vez abdican cada vez más de su papel en la formación de valores y en la educación de los hijos. Hoy todo el mundo opina sobre la escuela y sobre los profesores, y no muy bien, por cierto. La sociedad ha retirado su apoyo unánime e incondicional al profesor, pero al mismo tiempo le reclama más prestaciones. En cierto modo, los docentes son la causa de todas las imperfecciones y deficiencias no ya del sistema, sino de la convivencia: de la pérdida de los hábitos de lectura y del mal comportamiento al volante, del consumismo y de la agresividad, de la falta del respeto a los mayores y del abuso de las drogas. Se piensa en la escuela como en un gran centro de reparaciones donde deberían encontrar solución todas las averías de nuestro maltrecho sistema social.
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La consideración del profesor en la sociedad ha descendido notablemente, en la misma manera que se ha generalizado el juicio social contra su figura. Lo que antes era un personaje casi intocable, venerado, en quien se reconocía una entrega vocacional, es ahora un trabajador más que cumple su trabajo a desgana. Por otra parte, en un mundo en que casi todo se mide por su precio, al estar la profesión peor retribuida que otras del mismo nivel de formación –médicos, abogados, profesionales liberales– se menosprecia a los docentes como si fueran ellos los responsables de su bajo estatus. Y lo peor de todo es que los propios profesores interiorizan estas actitudes rebajando su propia estima. No sólo en España, sino en otros países europeos más avanzados son cada vez más numerosas las evasiones en masa de profesores que renuncian a su vocación para ir en busca de trabajos mejor remunerados y más prestigiados socialmente.
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La pregunta es si este fenómeno se queda en la quizás anecdótica pérdida de reconocimiento de una profesión concreta o, por el contrario, representa una mengua de mayor alcance. Cuando un maestro sufre las agresiones de un padre de alumno es la sociedad entera la que resulta atacada, porque en ese suceso se escenifica la inversión de unos valores necesarios para el progreso y el bienestar común. Cuando un tertuliano todólogo desacredita en antena a docentes infinitamente más instruidos que él, lo que está haciendo no es atacar a un gremio, sino minar uno de los principales consensos en los que se basa nuestra convivencia: el respeto del saber y la confianza en los encargados de transmitirlo.
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